¿Cuándo llegará el día de la minería?

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(Por Juan Biset *).- Este 7 de mayo la industria minera celebra, como todos los años, un nuevo “Día de la Minería”. Sin embargo, y aunque parezca contradictorio, es claro que en Argentina a la minería todavía no le ha llegado su día. Argentina está encerrada desde hace mucho tiempo en un descorazonador ciclo de apremios y dificultades económicas, puntuado por sucesivas crisis que nos han ido dejando un país con instituciones débiles, normas que no se cumplen, decreciente legitimidad del sistema democrático, de partidos y actores políticos, -lo más doloroso- enormes deudas sociales.

Frente a este difícil panorama, Argentina parece empeñada en vivir una especie de “Día de la Marmota” en el que se repiten fórmulas ya ensayadas -generalmente sin éxito- como controles de precios, comercio exterior y de cambio, aumento de la presión tributaria (y su contracara: moratorias y blanqueos a repetición) y una creciente intervención estatal en distintas ramas de la actividad económica.

En esta permanente administración de la escasez se pierde de vista algo fundamental: los recursos que genera la economía argentina no son suficientes para atender las necesidades del país y sus habitantes. Este hecho -elemental- determina la necesidad de buscar un nuevo equilibrio entre ingresos y gastos.

Por razones que no alcanzo a entender, los sucesivos gobiernos se enfocan casi exclusivamente en los gastos. Cuando el péndulo apunta hacia la austeridad, se busca disminuirlos; cuando vuelve hacia la redistribución, aparecen subsidios, “reparaciones históricas” o jubilaciones sin aportes.

¿Y los ingresos?

De cara al exterior, Argentina cuenta con un gran motor productivo en el que ocupa un lugar de verdadero liderazgo mundial. El agro -tecnificado, resiliente e internacionalmente competitivo- es una virtual locomotora económica detrás de la cual el país genera trabajo, exportaciones que el mundo desea y el consiguiente ingreso de divisas.

En efecto, para 2021 la Bolsa de Comercio de Rosario ha estimado un ingreso superior a los 27 mil millones de dólares proveniente de las exportaciones de maíz, trigo y soja (en todas sus versiones). Es claro, de todas formas, que este formidable ingreso -del que provienen 6 de cada 10 dólares exportados por el país y más del 10% del PBI- simplemente no es suficiente.

La solución debiera ser obvia: generar otros ingresos que, sumados al agro, puedan mejorar la balanza comercial del país. Así, los servicios tecnológicos, la generación de energía convencional y renovable, y los sectores forestal, pesquero o industrial parecen todos promisorios espacios a explorar. Y naturalmente también lo es la minería.

Por poner un ejemplo cercano (y geológicamente similar) nuestro vecino contiguo, Chile, con sus producciones mineras de cobre, oro, plata y molibdeno generó en 2020 ingresos por exportaciones por 40 mil millones de dólares (es decir, ¡un 50% más que el complejo agroindustrial argentino!)

Esta diferencia en ingresos a uno y otro lado de la cordillera repercute también en indicadores económicos y sociales.

Según el Banco Mundial, en 2019 el PBI per cápita fue de $14.895 dólares en Chile y de $9.912 dólares en Argentina (nuevamente un 50% mayor en el país vecino), mientras que el porcentaje de población viviendo en la pobreza fue de 8,6% en Chile, y de un imperdonable 35,5% en nuestro país (un 400% más de este lado de los Andes).

Es una verdad evidente que la minería representa una posibilidad de diversificar y ampliar significativamente la matriz productiva argentina. No en competencia con otras actividades, sino en paralelo en un juego de “ganar-ganar”, donde cada región del país aporte su potencia, desarrollando los recursos naturales existentes en sus territorios. En una gran simplificación: allí donde el suelo es apto habrá agricultura, allí donde el subsuelo es rico, habrá minería.

Así lo entendieron, hace más de 200 años, los legisladores de la fundacional “Asamblea General Constituyente y Soberana del Año 1813”, que discutieron y aprobaron el 7 de mayo de aquel año la¬Ley de Fomento Minero en cuyo honor celebramos el Día de la Minería.

La promoción de la actividad minera fue una de las primeras decisiones adoptadas por la “Asamblea del Año XIII” (apenas a tres meses de constituida), y cobra especial relevancia al compararse con algunos de los otros temas en su agenda: declarar la independencia del país, redactar su Constitución, abolir el tráfico de esclavos y la Inquisición, o declarar la libertad de culto y de prensa, entre muchas otras cuestiones.

Estos diputados -reunidos para construir un nuevo país- entendieron que “no se puede pensar sobre la importante materia de rentas públicas, sin que ocurra desde luego el ramo de las minas en un país que parece ser el depósito común de las tierras minerales. […] porque es imposible que haya agricultura, población y comercio en aquel grado de prosperidad progresiva […] sin un fomento poderoso y bien entendido de sus minas.”

Y no se quedaron en declaraciones de principios. El impulso de la industria minera requería que “Los inmensos depósitos de plata y oro que contienen estas cordilleras, deben quedar abiertos para cuantos hombres quieran venir a extraerlos desde todos los puntos del globo. Los artículos de cualesquiera clase que sean necesarios para las operaciones mineralógicas, deben ser libres, y protegida del modo posible su introducción, y la comodidad de sus precios: los hombres dedicados a estos utilísimos trabajos no serán retraídos jamás de ningún género de traba, y el fruto de sus labores podrá ser conducido libremente adonde quiera que más ventajas proporcione a sus dueños, y en la forma que mejor convenga a sus intereses.”

O dicho de otro modo: impulso de la inversión extranjera; importación promocionada y libre de capital, maquinaria e insumos; protección del trabajador y de los productos mineros y libre disponibilidad de los ingresos derivados de la actividad.

Este impulso -decidido y enfático- no se ha traducido todavía en una industria minera nacional a la altura de lo que los recursos geológicos indican ni, mucho menos, de lo que el país necesita.

Encerrados en discusiones estériles sobre supuestos impactos insalvables de la actividad, revoleando conceptos y frases vacíos de contenido (una ominosa -e indefinida- “megaminería”) o absurdas y reduccionistas dicotomías (“no a la mina, sí a la vida”), y -en forma cada vez más corriente y preocupante- a través de intimidaciones, amenazas y violencia (Chubut, o más recientemente Andalgalá son gravísimos antecedentes), los argentinos nos negamos la posibilidad de discutir inteligentemente el desarrollo minero.

En esta extravagante “lógica” perdemos de vista que el mundo hace minería y que se encamina a hacer cada vez más -tal como lo demuestran los planes estratégicos de Canadá, Suecia, Estados Unidos o la Unión Europea, por citar sólo algunos ejemplos- y que existe, por tanto, un modo sustentable, serio y beneficioso de desarrollar esta actividad.

Y lo que es más insólito, en este juego de “mordernos la cola”, desperdiciamos una oportunidad maravillosa que se presenta al país en los próximos años. La transición energética hacia una economía des-carbonizada traerá consigo un incremento exponencial de un gran número de minerales, muchos de los cuales se encuentran en territorio argentino.

Hay una verdadera carrera a nivel mundial por obtener acceso confiable a materias primas minerales como el cobre o el litio, que el país está en condiciones de proveer. Es imperativo no perder este nuevo “viento de cola” y desarrollar de una vez y para siempre la minería argentina.

Las potencialidades de esta industria para el desarrollo del país fueron advertidas por nuestros “padres fundadores” y son hoy más necesarias que nunca. Es tiempo de que llegue el “Día de la Minería” al país.

Nuestra historia lo predijo, nuestro presente lo exige y nuestro futuro nos lo agradecerá.

(*) Abogado. Consultor en Minería y Sustentabilidad. Exsubsecretario de Minería.

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